Reflexiones

La Cuaresma Dia 24 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

La Cuaresma Dia 24 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

 

LA CUARESMA DIA 24 – Martes Marzo 13

 

“Nuestro Señor tenía dos naturalezas: la divina y la humana. Ambas estaban sometidas a proceso y acusadas de delitos totalmente diferentes. Así se cumplía la profecía de Simeón de que Jesús había de ser “señal de contradicción”. Los jueces no podían ponerse de acuerdo sobre el motivo por el cual había de hacérsele morir. Los jueces religiosos, Anás y Caifás, le encontraban culpable de ser demasiado divino; los jueces políticos, Pilato y Herodes, le encontraban culpable de ser demasiado humano. Ante unos era demasiado poco mundano; ante otros, demasiado mundano; ante unos era demasiado celestial; ante otros, demasiado terrenal… Condenado por acusaciones contradictorias, fue sentenciado a morir en lo que es señal de contradicción: la Cruz.

 

El mal tenía su hora, aquella de la cual Jesús tantas veces había hablado. En aquella hora Dios concedió al mal el poder de afectar un triunfo momentáneo durante el cual los espiritualmente ciegos creerían que habían salido victoriosos. Las manos de los malvados están atadas hasta que Dios les permite obrar, pero no pueden hacer nada en absoluto cuando Dios les manda detenerse… En esta hora las tinieblas tendrían un poder que resultaría impotente en la resurrección.

 

Los soldados le ataron… Luego se lo llevaron de allí por sus propios pasos, no arrastrándolo… debido a que Él mismo se había entregado.

 

El camino que tomaron atravesaba el torrente Cedrón y luego seguía por la puerta de las Ovejas, que estaba cerca del templo y por la que pasaban los animales que habían de ser ofrecidos en sacrificio. Primero fue conducido a la casa de Anás, suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año… Comoquiera que ambos eran representantes del poder religioso, el primer proceso se efectuó sobre asuntos religiosos… De Anás, Cristo fue llevado a Caifás…. Era el mismo Caifás quien había dicho: “Conviene que un solo hombre muera por el pueblo.” (Juan 18:14)

 

Por lo cual es evidente que tanto él como el sanedrín habían decidido la muerte de Jesús antes de que tuviera efecto el proceso. Era ilegal que el sanedrín celebrara un proceso por la noche; sin embargo, se celebró en su demente deseo de deshacerse de Jesucristo cuanto antes. Aunque no tenían derecho a dictar una pena de muerte, retenían, sin embargo, el poder de celebrar procesos. Cuando el proceso comenzo: “El sumo sacerdote preguntó a Jesús respecto de sus discípulos, y su enseñanza.” (Juan 18:19) Caifás había resuelto ya que nuestro Señor había de morir, por lo cual no tenía intención de escuchar razonamientos, sino que más bien trataba de hallar algún pretexto para llevar a cabo la injusticia que su mente había tramado. Las primeras preguntas apuntaron a la organización de Cristo y sus seguidores, que el sanedrín temía como una amenaza dirigida contra ellos mismos… Al juez no le interesaban tanto los nombres de los seguidores de Cristo como el número de ellos; el objeto que con tal interrogatorio perseguía era obtener de Jesús una respuesta apropiada para que pudiera ser condenado. Las preguntas concernientes a su doctrina iban encaminadas a descubrir si Él era el jefe de una sociedad secreta o si estaba predicando alguna nueva doctrina o herejía.

 

Nuestro Señor vio el engaño de todas estas preguntas y, con la más perfecta serenidad, fruto de su inocencia, respondió: “Yo he hablado abiertamente al mundo; enseñaba siempre en las sinagogas y en el templo, donde concurren todos los judíos; y nada he hablado en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a aquellos que me han oído, lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.” (Juan 18:20-21)… Cristo habló al mundo así como a los judíos… Todos sabían lo que había estado enseñando. Lo único que hacía Caifás era querer ignorar lo que era de dominio público.

 

Al responder Jesús de este modo, uno de los servidores que estaban presentes le dio una bofetada diciendo: “¿Respondes así al sumo sacerdote?” (Juan 18:22)… Fue el primer golpe que recibió el cuerpo del Salvador, golpe que los jueces no castigaron en modo alguno… Los que no pueden combatir de palabra la doctrina de Cristo recurren a la violencia.

 

Sin embargo, con toda mansedumbre respondió el Señor: “Si he hablado mal, da testimonio del mal; mas si hablé bien, ¿por qué me hieres?” (Juan 18:23) En un abrir y cerrar de ojos, nuestro Señor podía haber fulminado a su agresor arrojándole a la eternidad, pero, si había de padecer por las transgresiones de los hombres y morir por sus iniquidades, había de aceptar con paciencia aquel primer golpe.

 

Al ver que no lograban hacerle declarar contra su propia doctrina o lo que enseñaban sus discípulos, esperaban ahora hacerlo por medio de testigos falsos… Los falsos testigos pretendían que Jesús había dicho que destruiría el templo; pero lo que realmente había dicho era que serían ellos quienes lo destruirían; y el templo sería su cuerpo, que ahora precisamente acababa ya de recibir el primer golpe violento.

 

En el acto de ser Jesús entregado a las potencias del mal, Judas entregó nuestro Señor a los judíos, los judíos le entregaron a los gentiles, y los gentiles le crucificaron. Pero, por otro lado, nuestro Señor dijo que el Padre había entregado a su Hijo como rescate por muchos.

 

Caifás, irritado, exclamó: “¡Te conjuro, por el Dios vivo, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios!” (Mateo 26:63) ¿Era Él el Cristo o Mesías; era el Hijo de Dios; estaba investido del poder divino; era Él el Verbo hecho carne? ¿Era verdad que Dios, que en distintas ocasiones y de diversas maneras nos había hablado por boca de los profetas, en estos últimos días lo había hecho por medio de su Hijo? ¿Eres tú el Hijo de Dios? Jesús abrió la boca para responder: “Lo soy.” (Marcos 14:62) “Además os digo, que en adelante habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder divino, y viniendo sobre las nubes del cielo.” (Mateo 26:64) Primero afirmó su divinidad, luego su humanidad… En la hora en que se acumulaban sobre Él las mayores ignominias, daba testimonio de estar a la diestra de Dios, de donde habrá de volver en el último día… A pesar de la evidente condena que le aguardaba, Jesús dejó brillar su gloria en medio de la injusticia civil de que estaba siendo objeto, al proclamar su triunfo.

 

Una tormenta estalló sobre la cabeza de Jesús cuando el sanedrín le oyó afirmar su divinidad. Estaban a punto de dar las doce; terminó el primer proceso cuando el sumo sacerdote decidió que Jesús era culpable de blasfemia: “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado!” (Mateo 26:65)

 

Ahora que se le condenaba por blasfemo, todo estaba permitido contra su persona, pues carecía de

derechos. Entonces le escupieron en la cara, y le dieron de bofetadas; y otros le herían a puñadas, diciendo: “Profetízanos, ¡oh Cristo!, ¿quién es el que te pegó?” (Mateo 26:67-68) Le cubrieron la cara, y de esta manera apagaron la luz del cielo; y, sin embargo, al cubrirle los ojos, los suyos propios quedaron cegados. El velo se hallaba en realidad en los corazones de ellos, no en los ojos de Jesús. Los que tanto se jactaban de su templo terrenal abofeteaban ahora al Templo celestial, puesto que en El moraba la plenitud de la divinidad. Usaban el título “Cristo” de modo sarcástico; pero acertaban más de lo que imaginaban, porque Él era en verdad el Mesías, el Ungido de Dios.

 

Era Cristo el profeta quien se hallaba procesado delante de Caifás; sería Cristo el rey el que se hallaría procesado delante de Pilatos; y sería Cristo el sacerdote quien se hallaría desposeído de sus derechos en la cruz, al ofrecer su vida en sacrificio. En cada uno de los ejemplos, Jesús sería escarnecido. Ahora, las burlas iban dirigidas contra el Cristo profeta.

 

El proceso religioso había terminado. El Hijo de Dios era considerado culpable de blasfemia; el que era la resurrección y la vida estaba sentenciado a la tumba; el eterno sumo sacerdote era condenado por el “sumo sacerdote de aquel año”. Ahora era el sanedrín el que se mofaba de Él; luego sería el Imperio romano, y luego, en la cruz, habría una combinación de ambas clases de burlas. Pero ahora que el sanedrín le había encontrado culpable, procedió a entregarle a Pilato, pensando que, teniendo éste la autoridad exclusiva de ejecutar la sentencia de muerte contra Jesús, lo haría sin vacilar. Así se cumplió la profecía de que el Mesías sería entregado a los gentiles.”

 

(Capitulo 43, pgs. 395-403)

 

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