Reflexiones

La Cuaresma Dia 22 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

La Cuaresma Dia 22 - VIDA DE CRISTO, por Fulton Sheen

 

LA CUARESMA DIA 22 – Sábado Marzo 10

 

Sólo hay un pasaje en la historia de nuestro Señor en que se nos diga que entonó un cántico, y ello fue después de la última cena, cuando salió de la casa para encaminarse hacia la muerte, y sufrir su agonía y congoja en el huerto de Getsemaní. “Y cuando hubieron cantado un himno, salieron al monte de los Olivos.” (Marcos 14:26) … El manso cordero no abre la boca cuando es conducido al matadero, pero el verdadero Cordero de Dios cantó lleno de gozo ante la perspectiva de la redención del mundo.

 

Entonces vino la gran advertencia de que ellos verían perturbada la confianza en Él. Se estaba acercando rápidamente la hora de que tantas veces les había hablado. Cuando le hirieran de muerte ellos se escandalizarían… “Todos vosotros seréis escandalizados en mí esta noche.” ( Mateo 26:31) El que había de ser la piedra angular de su fe en los días venideros les advertía ahora que sería para ellos piedra de escándalo. Se había llamado a sí mismo el “Buen Pastor”, y ahora había llegado el momento de dar la vida por sus ovejas. Retrocediendo hasta el tiempo de sus profecías, ahora les citaba lo que Zacarías había predicho: “Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas.” (Zacarias 13:7)

 

El Edén y Getsemaní fueron los dos jardines en torno a los cuales giró el destino de la humanidad. En el Edén, pecó Adán; en Getsemaní, Cristo tomó sobre sí el pecado de la humanidad. En el Edén, Adán se ocultó en la vista de Dios; en Getsemaní, Cristo conversó con su Padre; en el Edén, Dios buscó a Adán en su pecado de rebeldía; en Getsemaní, el nuevo Adán buscó al Padre en su sumisión y resignación. En el Edén, se desenvainó una espada para impedir la entrada en el jardín y que de este modo se perpetuara el mal; en Getsemaní, la espada tuvo que volver a su vaina. El huerto se llamaba Getsemaní porque en él había un molino de aceite. No era la primera vez que nuestro Señor había estado en él; Jesús acudía muchas veces allí con sus discípulos. Además, a menudo había pasado allí la noche.

 

Judas había salido ya para concluir su turbio negocio de la traición. Ocho de los apóstoles se quedaron cerca de la entrada de Getsemaní; los otros tres, Pedro, Santiago y Juan… le siguieron al interior del huerto de los Olivos… Al entrar en el huerto, Jesús les dijo: “Sentaos aquí, hasta que vaya allá y ore.” (Mateo 26:36) Y, empezando a “entristecerse y angustiarse”, dijo a los tres apóstoles: “Triste está mi alma, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.” (Mateo 26:38)

 

Isaías había profetizado que sobre Él sería colocada la iniquidad de todos nosotros. En cumplimiento de esta profecía, Jesús probó la muerte por todos los hombres, llevando la culpa como si fuera suya. Dos elementos estaban inseparablemente unidos: llevar el pecado y la obediencia inocente. Cayendo sobre su rostro, ahora rogó así a su Padre celestial: “Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba hágase tu voluntad.” (Mateo 26:39)

 

Seguía inquebrantable la conciencia del amor de su Padre. Pero, por otro lado, su naturaleza humana sentía miedo a la muerte como castigo por el pecado. La natural aversión que el alma humana experimentó ante el castigo que el pecado merece fue sobrellevada por la divina sumisión a la voluntad del Padre. El “no” a la copa de la pasión era algo humano; el “sí” a la divina voluntad era el triunfo sobre la aversión humana a padecer por causa de la redención.

 

Esta escena queda envuelta en el halo de un misterio que ninguna mente humana puede penetrar de un modo adecuado. Sólo podemos suponer de una manera vaga el horror psicológico de los momentos progresivos de temor, ansiedad y tristeza que le dejaron postrado antes de que se hubiera descargado un solo golpe sobre su cuerpo… Pero había algo más en su agonía que la tranquila anticipación de su lucha inminente, y ello aumentaba sus sufrimientos morales. Es muy verosímil que la agonía en el huerto le ocasionara mayores sufrimientos incluso que el dolor físico de la crucifixión, y quizá sumió a su alma en regiones de más oscuras tinieblas que ningún otro momento de la pasión, con la excepción tal vez de cuando en la cruz clamó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46)

 

Lo que nuestro Señor contempló en aquellos momentos de agonía no eran precisamente los azotes que le darían los soldados o los clavos con que taladrarían sus manos y sus pies, sino más bien el terrible peso del pecado del mundo y el hecho de que el mundo se disponía a renegar de su Padre al rechazarle a Él, su divino Hijo. ¿Hay ciertamente algo peor que la exaltación de la propia voluntad contra la amorosa voluntad de Dios, el deseo de ser un dios para sí mismo, tachar de locura la sabiduría de Jesús, y su amor de falta de ternura?

 

Éste fue el momento en que nuestro Señor, en obediencia a la voluntad de su Padre, tomó sobre sí las iniquidades del mundo y se convirtió en víctima expiatoria… Fue tratado como un pecador aunque en Él no había pecado. Fue esto lo que ocasionaba su agonía, la agonía más grande que jamás ha visto el mundo.

 

Así como los que sufren miran el pasado y el futuro, también el Redentor miraba el pasado y todos los pecados que en todo tiempo se habían cometido; miraba también el futuro, todo pecado que se cometería hasta el fin del mundo… Allí estaba el pecado de Adán, cuando como cabeza de la humanidad perdió para todos los hombres la herencia de la divina gracia; allí estaba Caín, teñido con la sangre de su hermano; allí estaban las abominaciones de Sodoma y Gomorra; la ingratitud de su propio pueblo, que había adorado a las falsas deidades; la grosería de los paganos, que se habían revelado incluso contra la ley natural; todos los pecados… pecados que se resisten por su horror a toda descripción, demasiado terribles para que se les pueda nombrar.

 

Una vez la mente pura y sin pecado de nuestro Señor hubo atraído sobre su alma, como si fuera propia, toda esta iniquidad del pecado, fijó su atención en el futuro… Desde los cuatro puntos cardinales las pútridas miasmas del pecado del mundo venían sobre Él a modo de inundación; como un nuevo Sansón, tomó sobre sus espaldas toda la culpa del mundo como si fuera culpable, pagando la deuda en nuestro nombre a fin de que pudiéramos una vez más tener acceso al Padre. Se estaba preparando mentalmente, por así decir, para el gran sacrificio, poniendo sobre su alma sin pecado los pecados de un mundo delincuente. Para la mayoría de los hombres el peso del pecado es algo tan natural como el de los vestidos que llevan, pero para Jesús el contacto de lo que los hombres tan fácilmente aceptan era la más terrible de las agonias.

 

Entre los pecados del pasado, que Él atraía sobre su alma como si fueran propios, y los pecados del futuro… se hallaba el horror de la hora presente… No era que el dolor físico produjera la agonía de un alma, sino que la pena producida por la rebelión de los hombres contra Dios estaba engendrando el dolor físico.

 

Al encontrar a los apóstoles por tercera vez dormidos, el Salvador [dijo]: “Dormid lo que resta, y descansad; he aquí que ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores.” (Mateo 26:45)

 

Mientras sus amigos dormían, sus enemigos tramaban su muerte… La hora tan ardientemente anhelada por Jesús había llegado por fin. A lo lejos se oía la acompasada marcha de los soldados romanos, el caminar desigual y presuroso de la muchedumbre y las autoridades religiosas, acaudilladas por un traidor. “Levantaos, vamos; he aquí que se acerca el que me ha entregado.” (Mateo 26:46)

           

(Capitulo 41, pgs. 378 – 387)